La vieja playa del Puerto.
Corrían los años veinte y treinta, cuando los viajes en carreta a Puntarenas constituyeron una odisea para nuestros abuelos, quienes transportaban el grano de oro desde el Valle Central hasta aquella cálida región, en los meses del verano posteriores a la cosecha, único período en el cual los caminos se encontraban en condiciones aptas.
Recuerdo las tertulias nocturnas de mi familia en Tibás, cantón cafetalero por excelencia de aquellos años, oyendo a los viejos hablar de sus largas aventuras hasta el muelle de Puntarenas, ganando 5 pesos la semana por acarrear 20 sacos de café; algo así como una tonelada y media del producto que forjó nuestra estructura socioeconómica en la primera mitad de este siglo que termina.
Los recuerdos de las abuelas, se referían a cómo de manera singular, la familia viajaba con la fila de 10 ó 15 carretas por aquellos parajes, llevando consigo las mejores gallinas cocidas en achiote, las sabrosa tortillas envueltas en hoja -para que no se endurecieran- y los tamales sin papa –llegando hasta Naranjo sin agriarse-. Imagino aquellas jóvenes parejas recorriendo pedregosos caminos, acompañados por media docena de carajillos bañados en polvo y en el caldo de las frutas que encontraban en las cercas. Los imagino con una enorme sonrisa de la ilusión que despertaba ya en Esparta, contemplar asombrados en el fondo el azul de las aguas del Golfo de Nicoya; libres del efecto actual del Tárcoles y el Barranca.
Este paseo veraniego, génesis de nuestro turismo criollo, era posible realizarlo solo cada dos o tres años, pues la fatiga, las dificultades del camino y lo costoso de la travesía, eran una empresa difícil para personas de escasos recursos. Pero todos los trabajos se olvidaban cuando en sus camisones se sumergían en las tibias aguas de la vieja playa de Puntarenas.
Siguiendo posiblemente aquellos recuerdos, en mi ejercicio profesional llevé algunas veces los estudiantes de Biología Marina a esta playa, con el propósito de medir su oleaje, su corriente litoral, sus características morfológicas, así como otras variables físicas que permiten caracterizarla científicamente. Los resultados obtenidos para la época lluviosa - cuando las tormentas marinas son más intensas en el Océano Pacífico y por tanto, modifican drásticamente la morfología y circulación de nuestras playas en ese litoral -, indicaban para mi sorpresa que la vieja playa del puerto donde se bañaban mis abuelos, mostraba características positivas para esta actividad, a diferencia de otras mucho más visitadas y conocidas hoy día. Por ejemplo, todo el año su inclinación no sobrepasa el 2.5%, o sea, la energía del oleaje incidente aquí es homogénea y no constituye amenaza alguna inclusive para quienes no saben nadar, a diferencia de las playas ubicadas de Quepos, Parrita o Manuel Antonio. La deriva litoral (corriente paralela a la línea de costa) tiene un máximo de 20 cm. por seg. en septiembre, lo cual es por demás mucho menor que en cualquier otra playa del país en la misma época; el diámetro de su grano de arena es homogéneo en toda su extensión y a lo largo del año, lo cual indica gran estabilidad dinámica, su piso sumergido no muestra sumideros como en Espadilla, Caletas o El Coco. En fin, no hay otra playa que tenga estas características físicas en nuestros litorales; razón de peso para que los antepasados regresaran a ella con tanta ilusión, no obstante las dificultades encontradas.
El verano es un período apropiado para reflexionar sobre nuestras viejas tradiciones turísticas, recordando a los puntarenenses que tan importante es el embellecimiento logrado en el Puerto -lo cual merece destacarse y disfrutarse-, como un esfuerzo sostenido para lograr la descontaminación de las aguas sobre la playa. Tienen en sus manos más que una mina de oro, pues son guardianes de una herencia centenaria de mucho valor para los ticos, especialmente de aquellos que todavía recordamos la aguadulce y el fogón, donde escuchamos a nuestros abuelos hablar sobre el cadejos y la segua en su camino a la vieja playa del Puerto ...
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