Tipografía

MI ESPECIAL AFECTO POR CÓBANO.

Por: Efraín Sandoval Gatgens Efrain_Sandobal4307

efrainsaga@gmail.com

PARTE I

Me encuentro en casa de mi nieto Juan Carlos Cruz Sandoval, su esposa Yorleny Madrigal y su hija Paula, en las afueras de Pánica, en un lugar tan bello que podría permanecer todo el día admirando la cantidad de pájaros que llegan a comer frutas que ellos diariamente les ponen. Indescriptible la cantidad, colores y variedades que aquí llegan. Como fondo, una exuberante montaña rodeada de árboles de distintos tamaños y tonalidades. Se distingue una palmera centenaria que como un guardián vela por el entorno.

El estar aquí, evoca en mi memoria un relato verídico de hace muchos años atrás, que enmarca amistad, dolor y a esta querida tierra de Cóbano.

Cuando era jovencito, de unos 14 años, vendía revistas en una librería, me correspondía entregar revistas en la casa de una señora apellidada Santos de Odio. En su casa, me sentaba en un suave sillón, me daba un emparedado de jamón y refresco, luego de devorarlo con gran apetito dormía una pequeña siesta. Ella tenía dos hijos, uno estudiaba en el Liceo de Costa Rica y el otro Leyes en la universidad, nos hicimos buenos amigos y yo les prestaba revistas.

Al tiempo, yo crecí, estudié Contabilidad Mercantil y me casé. Luego de participar en la revolución de 1948, entré a trabajar en el puesto de Oficial Mayor de la Dirección General de Telégrafos y Radios Nacionales. Un día en 1954, el Mecánico de Plantas me comunicó que la planta de Cóbano no funcionaba, ahí inició una historia que siempre recordaré.

Como no teníamos los repuestos necesarios, acudí a mi buen amigo Mario Salazar, dueño de la Costa Rica Machinery Company, quienes suplían ese tipo de repuestos, pues como no los teníamos en nuestra proveeduría le pedí que me los adelantara y yo se los reponía cuando entraran los que había solicitado. La planta de Cóbano era marca White, Mario amablemente me dijo que sí.

Le pedí mi buen amigo y colaborador Edgar Bolandi, quien era Encargado de Plantas que alistara viaje a Cóbano al día siguiente que era sábado. Seguidamente conseguí el pasaje en avioneta y los viáticos necesarios, al entregárselos le dije a Bolandi, perdoná que te mande mañana a Cóbano, siendo sábado, día de estar con tu familia, pero hay una población entera incomunicada con el resto del país. Edgar Bolandi y yo éramos más que compañeros de trabajo, grandes amigos. Al día siguiente, al ser las 7 de la mañana, emprendió el viaje.

Bolandi reparó la planta restableciéndose la comunicación con San José y empezó a alistar su viaje de regreso, pero como una ironía del destino, la misma planta que él había arreglado minutos antes, sirvió para comunicar su muerte, pues la avioneta cayó al mar en la Bahía Ballena de Tambor, minutos después de haber despegado. Al perder potencia, el piloto trató de virar con regreso a la pista de Cóbano, pero una de las alas hizo contacto con el agua y se desplomó. Increíblemente el piloto salió expulsado con todo y asiento y sobrevivió, pero Edgar se hundió con la aeronave.

Tan pronto supe la noticia, le dije al Director que nos viniéramos a Tambor, viajamos en pick up a Puntarenas, donde fletamos una potente lancha, llegamos ese mismo sábado al anochecer. Bajamos y llegamos a la cantina de Tambor, que hoy casi 60 años después, todavía se encuentra ahí, aunque el lugar ha cambiado bastante.

Algo muy curioso nos pasó, venía el hermano de Edgar; Rafael Bolandi, quien era un enfermo alcohólico, llegamos a la cantina, nos tomamos un par de cervezas, la ocasión era propicia, pero debíamos guardar la calma pues nos esperaba una dura tarea al amanecer. El señor de la cantina (mi nieto averiguó con Don Herman Pérez y me dice que debió de ser Teodoro Salamanca), nos dijo que en la zona no había dónde alojarse, pero que él tenía una troja para que durmiéramos, nos consiguió un manteado como colchón y unos sacos de gangoche como almohada. Como a las 9 de la noche nos fuimos a dormir y notamos que Rafael Bolandi, llevaba una cuarta de licor en la bolsa del pantalón, cuando llegamos a la troja, subimos a ella a pulso pues se encontraba como a 90 centímetros del suelo, era toda un piso de madera, Rafael puso la botella de licor en la regla que juntaba el tabique con el piso, cuidadosamente en la esquinita y nos acostamos.

 

Al día siguiente, nos levantamos a las 5 de la mañana, ya comenzaba a aclarar el día, me quedé admirado de aquel estupendo amanecer en esa hermosa bahía que se nos presentaba al frente y recordé que ahí estaba, bajo el agua, mi amigo Edgar Bolandi. En eso estaba, cuando nos dijo el señor Director de Telégrafo que había soñado con Edgar quien le había dicho que encontraríamos la avioneta a las 9 y treinta de la mañana, que por favor le dijéramos a su hermano Rafael que no tomara licor porque quería que estuviera lúcido. Terminadas las palabras del Sr. Reynaldo Soto, escuchamos un ruido sordo en el lugar donde estaba la botella, volvimos a ver y ésta se había volcado y se quebró en mil pedazos. ¿Qué la movió? ¿Qué la hizo quebrarse? ¡Todavía no lo se! Acto seguido nos encomendamos a Dios y emprendimos la tarea.

Comenzamos a peinar la bahía como quien ara un terreno. Con un chinchorro, platinas y cadena, solo que en lugar de sembrar, nuestra intención era robarle al mar el cuerpo de nuestro amigo. Cruzábamos la bahía de un lado al otro, recuerdo que por el mar y los reflejos del sol, yo veía partes azules, moradas y amarillas, me restregaba los ojos, en un momento le pedí a Dios por su ayuda.

Al ser las 9:35 el capitán gritó “nos pegamos en algo”, paró la lancha, levantó el chinchorro, ahí venía la avioneta, Bolandi con un brazo afuera de la puerta. Nos dimos cuenta que Edgar había sobrevivido el impacto, pero no pudo librarse del cinturón y murió ahogado.

Rescatado el cuerpo lo pusimos en cubierta, lo tapamos con una lona y emprendimos de manera inmediata, sin volver a la costa, el viaje de regreso a Puntarenas. Una ambulancia de la Cruz Roja se trajo el cuerpo a San José. Cuando lo entregamos en la morgue yo flaqueé, pues empecé un temblor tan grande que mis piernas no me sostenían y no pude contener el llanto. Pero tenía la satisfacción de haber rescatado a mi eterno amigo Edgar Bolandi. (q.d.g.)

PARTE II

Seguiré con este relato en consecuencia del trágico accidente aéreo de mi amigo Edgar Bolandi, en la Bahía Ballena de Tambor, Cóbano, pues de esta forma exteriorizo el profundo cariño que tengo, a mis 91 años de vida, por esta hermosa tierra.

Dos meses después del accidente, recibí una citación de la Alcaldía Penal de San José, me extrañó, pues nunca tuve problemas con la justicia. No obstante, acudí a la cita, cuando llegué le pregunté al Secretario a qué se debía. Me dijo “hay una acusación contra Usted” ¿De qué se me acusa? “De venderle repuestos del gobierno a la Costa Rica Machinery Co.” Hasta cierto punto sentí consuelo pues sabía entonces de qué se trataba y no había mediado ningún acto indebido. Cuando estaba en eso salió el Sr. Alcalde y me dijo muy emocionado “¿Hola Sandoval, cómo estás? ¿Y qué hacés aquí?” Le contesté hay una acusación en mi contra. El Secretario le preguntó si debía de tomarme la declaración y el Alcalde le dijo, no, yo se la voy a tomar.

“Pasá Sandoval, ¿qué ha sido de tu vida durante estos años?, nunca olvido cuando llevabas revistas a mi casa, mi mamá te quería mucho y cuando no volviste nos hiciste mucha falta” Era el hijo mayor de la señora Santos de Odio, ahora lo encontraba como Alcalde de San José. Le hice el relato de los repuestos que había conseguido prestados de la Costa Rica Machinery Co. Le expliqué que la planta de Cóbano había que arreglarla, no teníamos los repuestos en ese momento y de cómo Mario Salazar me las había prestado. “A si Mario, muy buen amigo mío” me dijo el Alcalde Odio Santos. Cuando entraron los repuestos a la proveeduría le pedí a Rafael Bolandi, quién había quedado en lugar de su fallecido hermano Edgar, que sacara los repuestos y se los llevara a Mario Salazar en devolución. Le llamé a Mario y le agradecí en nombre de la comunidad de Cóbano por haber permitido restablecer la comunicación con el resto del país.

El amigo Alcade Odio Santos, quien luego llegó a ser Presidente de la Corte Suprema de Justicia, me di cuenta que de Juzgador se había convertido en mi defensor, porque al terminar yo mi declaración, la leyó y dijo: “No me gusta, por aquí se nos pueden meter” Yo repetí la declaración y él le dio forma, la leyó y dijo: “tampoco me gusta”, Hasta la tercera vez me dijo firmala, andate tranquilo. A los ocho días recibí el sobreseimiento definitivo. Yo había actuado más que como funcionario público como un colaborador deseoso de resolver la situación de la comunidad de Cóbano.

Como al mes, tuve el gusto de conocer Cóbano, el pueblo, vinimos a inaugurar un nuevo equipo de radio, que le asignamos al radio operador, Sr. Hernán Sáenz, quien se había casado con la hija de un terrateniente de Las Delicias, Joel Retana.

Cóbano era unas cuantas casitas alrededor de una cancha de fútbol, la oficina de telégrafos quedaba en las inmediaciones. Hernán siempre vivió agradecido conmigo pues le ayudé a conseguir una linda casita para su mujer y su primogénito.

En 52 años, nunca volví a Cóbano hasta hace un par de años en que vine a visitar a mi nieto Juan Carlos Cruz Sandoval y su familia, ellos administran un hermoso hotel Tambor Tropical, muy cerca de donde pasamos una noche de sábado en una troja hace 57 años.

Hoy en su casa, con un nudo en la garganta he exteriorizado este relato. En épocas de I-phone e Internet, quedamos muy pocos que entendamos la importancia del telégrafo en la comunicación de las comunidades y vecinos de la época, lamento no haber tenido mayores oportunidades de visitar esta zona en el pasado, pero siempre he guardado y guardaré en mi corazón a esta bella tierra que me liga con mi eterno amigo Edgar Bolandi.

 

Efraín Sandoval Gatgens.

Pánica y Tambor.

Domingo 04 de marzo de 2012

 

 

Publicidad

perforacionesulate.jpg

PUBLICIDAD

Muebles La Península