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Hasta pronto, Milton

Publicado el 23 marzo, 2012

Por: Lucrecia Molina Theissen

Una despedida al hijo de nuestra compañera teribe, Isabel Rivera

Me lo dijeron las hormigas en la sangre, el ladrillo que llevé sobre la coronilla toda una semana, el mal dormir, los ojos que se hundieron en mi cara y se rodearon de sombras muy oscuras. El miedo al terremoto, al viento arrasador, al agua salida de sus cauces, a los mares hirvientes, a las erupciones, dominaba mis noches, junto con el vuelta y vuelta en la cama sobre sábanas heladas. Me lo dijo su sueño pesado, muy pesado, tanto que no despertó más. A los 26 años, casi los 27, Milton Solano Rivera, de Térraba, parte de la tierra y del pueblo indígena, murió súbitamente con el corazón roto. Hijo de Isabel Rivera, una luchadora indígena tallada en el esfuerzo cotidiano de mantener la dignidad y exigir el respeto a su condición de ser humano y a sus raíces ancestrales, Milton era un joven hecho a pulso, que levantaba su vida día a día demandando el respeto a los derechos de su gente y la sobrevivencia étnica.

Digno integrante del clan Rivera, formado por mujeres indoblegables que resisten a la extinción y, como a su vida, defienden la tierra, el río, la naturaleza y los derechos de su pueblo, Milton era un joven profesor que empezó a dar clases con tan solo 17 años, en quien despuntaba un líder, un luchador, un guía cultural y educativo de su comunidad. ¿Cómo entender que Milton, a esa edad, muriera de un infarto fulminante? ¿Cómo aceptar que saliera entero de su pueblo, una extensión de tierra roja que se sitúa en el sur de Costa Rica, y regresara muerto? ¿Qué todo su bregar por darse a sí mismo las oportunidades que se les siguen negando a los pueblos indígenas se quedara en cenizas, a un paso de alcanzar su título de profesor de ciencias? ¿Cómo seguir mirando lo que él no verá más?

 Es imposible entenderlo si no se sabe que en febrero, como cada año al inicio del ciclo lectivo, la gente indígena reclamaba para sí los nombramientos de profesores y profesoras y personal administrativo tanto en la escuela como en el Liceo de Térraba, establecido hasta hace unos pocos años gracias a su exigencia de mejorar el nivel educativo en la comunidad. Milton, junto con unas sesenta personas más –hombres y mujeres de todas las edades, incluyendo niños y niñas-, estuvo en la toma de sus ruinosas instalaciones. Durante aproximadamente diez días, casi no comió ni durmió y seguramente tuvo miedo, porque la gente no indígena que se ha apropiado ilegalmente de las tierras en connivencia con indígenas corruptos, les amenazó de muerte.

Ese miedo se materializó el 21 de febrero, cuando llegaron en masa a atacarlos y les escuchó gritar enardecidos que “hay que matar a los indios”. Allí estaban su madre, sus tías, sus hermanas, sus compañeros y compañeras y la gente más anciana, junto con los niños y las niñas. Fue su sangre, que brotó de las heridas que les infligieron, la que hizo que la tierra roja de Térraba enrojeciera aún más. Quizá por eso, días más tarde, su corazón se debilitó y se detuvo para siempre, golpeado por la furia de sus atacantes; no solo fueron las piedras y los palos empuñados por hombres rabiosos, también lo hirieron su racismo y su odio. Quizá no soportó que se les dijera terroristas. O su corazón se fatigó demasiado porque cada mínima cosa que alcanzó en su vida personal y en la de la comunidad, le costó el doble, el triple, la vida, que a quienes tienen la mesa servida de antemano.

Con la toma del Liceo se logró que por primera vez en la historia de esta institución un indígena fuera nombrado director. En el papel, también fue aceptado que la educación en el territorio se rija por los preceptos del Convenio 169 de la OIT y será construido –ojalá- un edificio nuevo para impartir las clases en un lugar digno. Estos son logros que él ayudó a conseguir con su determinación callada, de los que no verá sus frutos, y que son un primer paso de un largo recorrido en el que ojalá quienes deciden estas cosas comprendan el por qué de los derechos ancestrales de su pueblo y el sentido de su lucha por la sobrevivencia étnica, un aspecto en el que la educación pública tiene un papel central.

En su casa humilde, en ese rincón de este país situado en las profundidades de la desigualdad y la injusticia, encontré a Milton, a su humanidad encerrada en una caja de madera. Alrededor, las mujeres de tierra deshaciéndose en lágrimas, pero también prodigándose abrazos, vasos de café para la vela, tamales de arroz y pan, mucho pan, el que faltó para alimentar a Milton y a toda la gente que participó en la ocupación del Colegio. La noche que antecedió a su muerte, una tajada de luna llenó de luz el cielo y opacó las estrellas. Esa misma luna acompañó la vela en la que se despidieron de él, junto con su familia y la comunidad de Térraba, la gente sencilla de los pueblos de Boruca, Cabagra, Salitre, Ujarrás, Curré y China Kichá, entre ellos sus ex alumnos/as.

El triste ulular de los cambutes se mezcló con el sonido de los pitos de barro y el golpeteo de rústicos tambores. Con esa música, un lamento que ha recorrido siglos hasta llegar a un ahora sin Milton, se despidió a un joven que soñaba y trabajaba, que soñaba y luchaba, que soñaba y que se esforzó muy duramente para hacer realidad lo que quería: dar clases en Térraba y obtener su título de profesor de ciencias. Su gente lo despidió con llanto, con tristeza, con rabia, con el sentimiento de ver que su lugar vacío no podrá ser ocupado por nadie, pero también con la determinación de no abandonar el camino por el que él transitó, con unidad y fortaleza. Los muchachos, sus amigos, lo llevaron en hombros por un sendero tan duro como sus vidas y sus muertes, un río de piedras sueltas que traicioneramente se zafan bajo los pies que marcharon hasta un cementerio rodeado de barrancos. Al fondo, las montañas azules y verdes.

Caminamos despacio por el río de piedras, siguiendo trastumbantes el féretro. Atrás de él, las flores, los aromas, las lágrimas, la tristeza, los murmullos, el dolor por dejarlo allí solo, en ese lugar sin lápidas ni mausoleos, sin puertas y sin muros, cercado por una fila de raquíticos arbustos, el suelo endurecido cubierto por el pasto reseco, crecido, un sitio rodeado de llanuras -antes bosques cerrados- donde se encontró con sus ancestros. Hace ya tiempo del verdor y la frescura de los árboles en ese cementerio donde el viento corre con libertad y fuerza, en un terreno abierto, y juega con la tierra formando polvaredas que enrojecen el aire. Al fondo, se pierde la mirada en un paisaje agreste.

En esa esquina del mundo, en ese lugar sagrado de su pueblo, lo dejamos. Allí lo esperaba con su abrazo la madre tierra, la tierra roja de Térraba. Su madre y sus hermanos y hermanas de lucha y de sangre hubiesen querido ser árboles y plantarse con él para alimentarse de sus sueños, para acrecentarse con su fuerza, para aprender a mirar con sus ojos, que ya no verán más, un futuro distinto que él sabía que había que hacerlo con las manos.

En el fin del novenario -que terminó una noche oscura, sin luna, con la Vía Láctea por testigo, con una ceremonia iluminada por el fuego- un cacique ngäbe le habló en un lenguaje de otros tiempos. Allí se mezclaron en la comunión del chocolate, las ofrendas de los rituales mayas y le dijimos “hasta pronto” a Milton, con la certeza de que su espíritu seguirá acompañando y animando las luchas de su pueblo

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